No se puede utilizar mejor definición para ella: la reina del rock. Nada menos. Tina Turner nos dejaba ayer miércoles a los 83 años, según indica su representante, en paz, despues de una larga enfermedad, en su casa de Küsnacht, cerca de Zúrich (Suiza).
Es difícil encontrar en la historia del rock a una cantante tan
influyente, popular y con una vida tan complicada. La lista de
obstáculos que tuvo que superar fue larga: una infancia infeliz, el abandono, un matrimonio
violento, una carrera estancada, la ruina económica, la muerte prematura
de miembros de su familia, múltiples enfermedades...
Pero salió adelante, trastabillada y también fortalecida para crear un
estilo propio, que abrió camino para las cantantes negras del rock y
para muchas estrellas blancas. Se dice que el mismisimo Mick Jagger diseñó su manera de dominar a
una audiencia viendo a Turner moverse en un escenario.
La lista de éxitos cantados por ella es larga: Proud Mary, River Deep, Mountain High; What’s Love Got To Do With It o The Best, Golden Eye,...
También desafió los convencionalismos sexuales. En los años sesenta,
cuando empezó su carrera con Ike Turner, su presencia era volcánica,
exuberante, una catarsis sexual poco corriente para aquellos años y
menos en una cantante negra. Ahí empezó a forjar su estilo, heredado del
góspel, del soul y del incipiente rock. Turner gozaba y sufría las
interpretaciones a la vez que ocultaba la tragedia de un matrimonio
repleto de abusos. La tortura física y psicológica a la que la sometía
Ike Turner, su marido desde 1962, la llevó a un intento de suicidio.
Ingirió un puñado de pastillas y dijo “sentirse decepcionada” cuando
despertó.
Turner nació como Anna Mae Bullock el 26 de noviembre de 1939 y se crio
en Nutbush, Tennessee. Le trajeron al mundo en un sótano sin ventanas
relegado a la maternidad de mujeres de color en el hospital del
condado. Su madre, Zelma, era cariñosa con su hermana, pero con ella era
distinta. Nunca le quiso y esa es una carga pesada
para una niña pequeña.