En la década de los 1930s casi todos los coches seguían el mismo patrón: grandes partes delanteras —los motores eran enormes— y habitáculos reducidos. Las líneas no eran especialmente curvas y la aerodinámica parecía ser un factor secundario. Y entonces llegó el Schlörwagen.
Lo hizo en 1939 de la mano de Karl Schlör, un ingeniero que lo ideó con un objetivo claro: que fuera superaerodinámico. El resultado fue una especie de "huevo" que ciertamente presentaba un coeficiente de resistencia aerodinámica realmente bajo. El problema era que era demasiado moderno.
Un coche adelantado a su tiempo (e incluso al nuestro)
Schlör llevaba años proponiendo una carrocería con un coeficiente de arrastre muy bajo, y finalmente puso sus ideas en práctica con el desarrollo de un prototipo basado en el chasis del Mercedes-Benz 170H, que era muy especial por un factor necesario para el diseño de Schlör: tenía el motor detrás (de ahí la H, que hacía referencia a la palabra alemana 'heckmotor', motor trasero).