Suele ser frecuente en los días que suceden a la muerte de una personalidad, que se exalten sus cualidades más notables o los hechos más relevantes de su vida, al mismo tiempo que se omiten sus errores y sus fracasos.
En el caso de la reina Isabel II de Reino Unido, el primer hecho destacable son los 70 años de duración de su reinado. Naturalmente, durante ese largo período vivió, desde la privilegiada atalaya de Buckingham Palace, los profundos cambios que fue experimentando la sociedad internacional desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Asistió al auge y posterior caída y disolución de la URSS y con ella al final de la rivalidad con Estados Unidos, siempre condicionada por la amenaza nuclear.
Vio fraguarse el entendimiento político entre franceses y alemanes para iniciar el proceso de integración que cambió la configuración económica y política de la mayor parte del continente europeo. Esa integración de la que el Reino Unido renegó, entre 1951 y 1957, por su liderazgo de la Commonwealth of Nations a escala mundial y la European Free Trade (EFTA) a escala europea. Poco tiempo después, en 1962, solicitaba su incorporación a la CE, demorado hasta 1973 por la abierta oposición del presidente De Gaulle. El brexit ha puesto punto final a su participación en la UE aunque no así a las calamitosas consecuencias económicas y políticas para el país.
